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Published On: Dom, dic 9th, 2012

El aroma del recuerdo

POR: PATRICIA BONILLA

Cuando regresamos de un viaje, junto con nuestra ropa asoman del equipaje una variedad de objetos que nos resistimos muchas veces a botar, así de buenas a primeras. Fotos, papelitos, piedras, conchitas de mar, tickets de viaje, tarjetas de saludos, semillas, flores, partes de algún objeto preciado, en fin, todas evidencias que nos rememoran situaciones vividas. Así que después de mucho cavilar decidimos guardarlas.

De la misma forma, durante el trascurso de lo cotidiano se suman otros tantos elementos que muchas veces guardamos “en caso de”. ¡No vaya a ser cosa que algo de esto lo necesite en uno de estos días!

Para guardar nuestros recuerdos ocupamos una caja o algo parecido, cuyo tamaño será según sea la cantidad de recuerdos que tengamos. De tanto en tanto o quizás después de mucho tiempo podemos destapar estos recuerdos y observarlos, reconociendo muchas veces que ya no lucen como los teníamos grabados en la memoria, o que ya ni siquiera estaban en nuestra memoria consciente. Hasta puede ocurrir -y no con menor frecuencia- que un objeto y otro, si no está debidamente identificado con fecha y lugar, podemos cambiarle su procedencia en nuestra frágil memoria.

Pero difícilmente podemos atrapar en  una caja de recuerdos el “aroma de las vivencias”.

El olor -que es en sí una evidencia química- nos es difícil atraparlo como tal, porque perdería la mayor de las veces su condición inicial. Sin embargo, los olores nos evocan y con mucha intensidad, emociones y sentimientos varias veces, de manera más poderosa que aquellos recuerdos tangibles apretujados en una caja.

¿Por qué nos sucede esto?  Porque el sentido del olfato podemos decir que posee una conexión directa con el cerebro y la parte de éste que procesa las emociones. De ahí entonces que  basta sólo el suave toque de un jazmín germinando como para situarnos en los placeres de una pasada primavera.

Yo guardo en mi cajita de memoria sensorial el olor de la tierra mojada en las tardes de verano, y junto a eso casi puedo ver a mi padre cuidando con esperanza el jardín de nuestra casa en Santiago de Chile. Y a pesar que estoy a miles de kilómetros de distancia de mi lugar de origen, esta mañana mientras cocinaba las primeras galletas navideñas de este año, el olor de las esas esencias me llevó a compartir la cocina con mi mamá.

Ahí estaba yo, viéndola picar con detalle tan fino los clavos de olor que brindarían el perfume característico, compartiendo bouquet con la canela y vainilla generosas con su aroma inolvidable. Las nueces, almendras y fruta confitada danzaron en mis recuerdos mezclándose con mis propios movimientos en  esos instantes. Ciertamente los olores son una poderosa fuente de evocación de recuerdos y que deberíamos aprender a usar de manera consciente y en beneficio de nuestro entorno en el hogar.

Estudios señalan que las experiencias se fijan mejor en combinación con olores agradables. Entonces cuidemos este aspecto en nuestra casa. Comentemos con nuestros niños la agradable sensación del olor al pasto recién cortado. Podemos incluso jugar con ellos a “dibujar” la experiencia. Y el rico olor a limpio en una cama de sábanas recién cambiadas. Y nada como el reconfortante aroma que despide una olla de guiso casero invitándonos a compartir una cena familiar, que en la medida que la disfrutemos y vivenciemos con alegría podrá constituirse en uno de esos tantos buenos recuerdos que nuestros hijos guarden de nosotros.

pbonillacl@yahoo.com

Displaying 3 Comments
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  1. Que cierto lo que dices! Quién no se emociona al oler pan amasado recién saliendo del horno? O cuándo regamos el pasto y sale ese olor a tierra mojada?
    Es increíble los recuerdos que te traen los olores, para mi son mas intensos que las imágenes o las historias. Un olor te pone en una situación pasada en cosa de segundos…
    me encantó tu columna de hoy.
    Saludos,
    Valentina.

  2. Carlitos dice:

    Que bueno, me encanto. Me hizo recordar cuando tiempo atrás tuve un accidente donde quede ciego temporariamente, (aprendí a ver lo bueno de lo malo que me pasa), y recuerdo la textura y el aroma de las sabanas limpias, como me movía de un lado a otro para que todo mi cuerpo la sienta, también el aroma al café y las tostadas por las mañana, y así como eso, muchas cosas mas que me hicieron ver realmente cosas que no prestaba atención antes. Hasta recuerdo la voz de mi Padre tan clara como nunca porque todos mis sentidos se enfocaban a escuchar.
    Gracias Patricia! Te mando un beso Grande.

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