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Published On: Sab, ago 18th, 2012

Eligiendo entre el mal y el bien

POR: AMELIA MARÍA DOVAL

Es un año de elecciones y se acentúan los mecanismos de engaño, porque nadie quiere perder la inversión que resulta el negocio de estar en el gobierno. Recibir un salario aunque no se busque el beneficio de la sociedad que lo eligió, es tentativo para cualquier interesado en aceptar sin producir, atrapados entre poder y servilismo. Un juego de mentiras donde el contribuyente poco tiene que ganar y si muchos derechos que perder.

Los resultados de la depravación social hacen eco en la población y se multiplican los casos de robo, asaltos, asesinatos donde la vida humana se subvalora al extremo de  matar sin motivos lógicos (nunca son justificados), creando una guerra incontrolable de odios internos, enmarcados en algunos casos como “crímenes de odio”, “crímenes raciales” o “crímenes pasionales”. El adjetivo difiere, el objetivo no. Los rostros cambian, los orígenes varían, pero los asesinos siempre mutilarán víctimas inocentes.

En todos los casos el mal, la sensación de adversión y desagrado inspiran la idea de acabar, destruir los motivos externos donde el asesino concentra su rechazo. Según el diccionario Word Reference, este concepto ha llevado a sicólogos, sociólogos o estudiosos a definir el estado y describirlo.  Aristóteles, puntualizó el concepto: “es un deseo de aniquilación de un objeto, que es incurable con el tiempo”. Es la obsesión que se transforma en meta.

Las preguntas claves serían qué genera ese odio interno, quiénes provocan ese descontrolado interés por destruir y autodestruirse. La respuesta es única: la sociedad y nosotros todos, conformamos esa sociedad inerte que se ahoga en sí misma.

Para Sigmund Freud ese sentimiento es un estado del yo que desea destruir la “fuente de infelicidad” siendo descrito por la sicología como una sensación duradera y profunda de rechazo muy intenso. Los asesinos se sienten a gusto con sus actos, desconectándose de la realidad dejando a su alrededor la frustración y el dolor.

Ante tanto llanto, es momento de exigir que cesen de manipular nuestras vidas, reclamando como comunidad, por los inocentes y por los posibles culpables. Los entretenimientos que se ofrecen, la irresponsabilidad social generada, vivir ajenos a lo que pueda suceder a nuestro alrededor; el regodeo noticioso haciendo énfasis en la maldad y los acontecimientos sangrientos y la sobrevaloración de actitudes sociales, irremediablemente llevan a sentimientos de odio.

Provocar que la juventud se estanque y se esconda detrás de una conducta enajenada que los arrastra a la “seudodemencia” y el delirio, caminos que conducen a actos violentos. Educar, educándonos es parte de romper el ciclo. La solución no está en sentarnos a esperar milagros, sino en enseñar a no responsabilizar a otros de nuestros errores o fracasos, generando culpas ajenas.

Mejorar la calidad de educación deberían ser prioridades porque la costumbre de exigir derechos sin aportar deberes ha desacostumbrado a la sociedad y nos ha alejado de la toma de responsabilidad. La familia continúa siendo el peso fundamental de la educación. El amor no debe ser sustituido jamás por la propiedad, ni por instituciones que se encargan de generalizar conductas de sumisión.

Exigir, esperar, asumir, instigar al poder pudieran ser conceptos contradictorios, pero son la base del electorado. No estamos aquí para enriquecer a pícaros. Sino para exigir soluciones, sin nuestro apoyo sus manos y sus bolsillos estarían vacíos.

No es justo escoger por rostros, y falsas promesas o representantes amigos, influyentes conocidos hay que decidirse por personas que ejerzan el derecho de pensar en beneficio de los que necesitan trabajar, de las madres que les urge una beca escolar, deshabilitados esperando milagros, pobres por imposición no por opción, precisando una ayuda que los impulse a subir el peldaño, no ha ser mantenidos.

La sociedad está sufriendo por la insolente actitud de quienes se apoderan de la vida de otros. El desmesurado descontrol, la falta de educación y el exceso de poder pretenden destruir la voluntad creativa, la generosidad y el respeto. Acentuando los defectos y rebajando los logros humano-sociales no  contribuye a fomentar la paz necesaria entre el ser y el deber.

Los “mensajes del mal y de odio”, a través de la internet, la prensa, los medios de difusión en general dejan huellas eternas en personalidades débiles. Debemos aprender que el verdadero poder de un país no es la suma del producto interno bruto o su infraestructura básica, ni siguiera la industrialización, sino el sentido humano de sus habitantes, eso es lo que define su superioridad frente a otras pueblos.

 

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  1. beton dice:

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