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La Patagonia Galesa seduce al placer de unas inolvidables vacaciones

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Los colonos galeses optaron por la Patagonia. Se establecieron, contribuyeron a su progreso y llegaron a sentirse profundamente argentinos, sin perder sus particularidades de pueblo celta.

CARLA LIGIA

La Patagonia, en el sur argentino, no es donde termina la tierra, sino donde comienza nuestro continente, muchos creen que todo el año es gélido y exclusivo para deportes de invierno. Para sorpresa de los visitantes, en épocas de verano ofrece un benigno clima, con tranquilas y soleadas playas, que seducen al placer de unas inolvidables vacaciones en entornos acuáticos completamente diferentes y  con todas las comodidades modernas.
La colonización Celta merece un lugar aparte porque fue distinta. Fueron especiales las motivaciones que guiaron a estos colonos. No eran aventureros en busca de oro. Guiados por el brillo de una riqueza fácil. Era un grupo de personas que deseaba salvar un estilo de vida amenazado en su tierra natal y que buscó, conscientemente, un lugar en el mundo donde poder fundar una nueva nación galesa. Pedían tierra y que respetaran su lengua, su religión y sus costumbres. A cambio, izarían la bandera argentina y se someterían a las leyes del nuevo país.
La Patagonia se presentaba como el mejor lugar: El 28 de julio de 1865 fue la fecha. Después de dos meses de navegar, el velero Mimosa, ancló en las aguas del Golfo Nuevo. Desembarcaron 150 personas, la mayoría eran familias y la condición de todos fue bastante modesta.
En la actualidad, cada 28 de julio se celebra una de las mayores festividades de la comunidad galesa: “El Día del Desembarco”. Esa fecha, en todas las capillas galesas del Valle del Río Chubut se hacen ceremonias, se sirve un té y se realizan distintos festejos, como recitales de canciones y poesías en lengua galesa.
En diciembre de 1865, poco después del desembarco, los indios habían entrado en contacto con los colonos, donde  el cacique Antonio, de las pampas, le envió a Jones un mensaje en el que le explicaba cuáles eran las distintas comunidades que los rodeaban y que querían comerciar con ellos. Este comercio fue bastante importante. Los indígenas proveyeron a los colonos de pieles de zorro, plumas de avestruz y mantas de guanaco.
De esta manera, los colonos realizaron el único y precario comercio, bajo la modalidad de intercambio de pan y manteca por carne o elementos que le sirvieran para hacer vestimentas.
Los colonos galeses optaron por la Patagonia. Se establecieron, contribuyeron a su progreso y llegaron a sentirse profundamente argentinos, sin perder sus particularidades de pueblo celta. Y tuvieron ocasión de probarlo, en 1902, cuando se planteó una disputa de límites con Chile en el territorio del «Valle 16 de Octubre», en la zona cordillerana. Los galeses fueron consultados sobre si tenían preferencia por alguno de los dos países.
Su respuesta fue: «Hemos vivido bajo la soberanía y protección del pabellón argentino. No hay preferencias sino cariño de hijos, lealtad a la patria de adopción para unos, nativa para otros.»
Quizás, como ninguna otra provincia de la Argentina, Chubut recibió una fuerte inmigración galesa a finales del siglo pasado, mucho más importante incluso que la española o italiana, que nos invita a conocer un pueblo galés casi quedado en el pasado, con idioma, arquitectura y costumbres propias.
Si el deseo es conocer la cultura galesa en profundidad, se puede visitar el Museo Histórico Regional Galés, ubicado en calle Rivadavia y Sarmiento; el Túnel, misteriosa caverna por donde transitaba el viejo ferrocarril; y las viejas capillas, hermosas construcciones de arquitectura inglesa que resultaron verdadero soporte espiritual de aquellos colonos.
Muy cerca de la localidad, en el paraje Bryn Gwyn, encontramos el Primer Parque Paleontológico de Sudamérica, un verdadero museo al aire libre.
Miles de visitantes llegan cada año, solamente, para sumergirse por un día en las costumbres galesas y degustar a fondo todas las exquisiteces que ofrecen estos baluartes de la tradición europea.
Allí el turista puede tomarse su tiempo, mientras paladea el té, prueba la clásica torta negra, los panes y scons todos de manufactura casera, y degusta deliciosos dulces elaborados con frutos y hierbas de la región. También puede disfrutar de la decoración delicada y típica de sus casas.

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